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Relatos de la Grand Line: Alborada de Hazañas - III

viernes, 29 de junio de 2012

Capítulo Tercero: Supervivencia básica

Monty había logrado sobrevivir durante un día entero. Era de noche y estaba sentado junto a una fogata, esperando que los peces estuviesen hechos por dentro, mientras recordaba lo que le había sucedido el día anterior.

Después de que Zan For lo abandonara se internó en el bosque. Lo primero que tenía que hacer era buscar cobijo y acumular reservas de comida, así como buscar la manera de almacenar agua y filtrarla. Parecía tarea sencilla, pero Monty no conocía los alrededores, así que perdería tiempo buscándolo todo. Por otra parte, si Zan For consideraba que sobrevivir a los peligros del bosque era una prueba suficiente Monty ponía en duda que fuese tan fácil resistir una semana los peligros.

Primeramente caminó buscando algún lugar que pareciese seguro, o que por lo menos pudiese resguardarlo de las inclemencias meteorológicas y peligros menores. Poco se había internado entre los árboles más frondosos que fue sorprendido por un lobo. Al principio el lobo no osó atacar porque estaba solo, pero aulló y poco tiempo después una manada de peligrosos lobos persiguieron a Monty, que salió pitando. La persecución duró poco, hasta que los lobos consiguieron acorralar a Monty contra el río.

El chico no se lo pensó dos veces y se lanzó al agua, prefería ahogarse antes que ser devorado por una panda de lobos.

La corriente era fuerte, pero Monty sacó fuerzas de flaqueza para mantenerse a flote; había que añadir a su lista de prioridades fabricarse un arma para aumentar sus probabilidades de supervivencia... Eso si salía vivo de esta. La fuerza de la corriente aumentaba, lo que era sinónimo de estar llegando a alguna catarata y a Monty no le entusiasmaba la idea de medir cuán alta era precisamente. Por suerte para él había varias ramas gruesas en el tramo final del río, únicamente tenía que nadar para poder alcanzarlas. Con esfuerzo, moviendo pies y brazos, llegó a agarrarse a una de esas ramas, y por fin salió del agua.

Estaba absolutamente empapado y su ropa chorreaba. De forma sensata se quitó la camisa y quedó a pecho descubierto. No hacía frío ni viento así que Monty no estaba incómodo, si bien se sentía algo desprotegido.

Bordeó el río para ver cuantos metros se había ahorrado descender. Asomó la cabeza y vio unas preciosas cataratas, muy fotogénicas pero nada placenteras para caer por ellas. Y ahora tenía que seguir buscando su escondrijo, ya que de allí sería desde donde peinaría la zona en busca de víveres.

Se le hacía tarde, pues ya oscurecía, y todavía no había encontrado sitio, así que escaló un árbol y se tumbó entre las ramas, pensaba que así, de alguna manera estaría fuera del alcance de los peligros. Al llegar a la zona de la copa del árbol descubrió que era un árbol frutal, y como no había comido nada desde hacía rato llenó su estómago con dulce y jugosa fruta. No sabía, pero, si era comestible o no y honestamente tampoco se paró a pensarlo, aunque en realidad no lo era, porque se levantó la mañana siguiente lleno de energía, a pesar de tener cierta confusión nada más abrir los ojos acerca del lugar donde se encontraba.

Ya era media mañana cuando Monty despertó. Bajó del árbol donde había pasado la noche y lo observó atentamente, si lograba encontrar más árboles como ese por lo menos podría subsistir a base de frutas, después siguió buscando todo lo que le faltaba para completar su lista de tareas, esto es, fabricarse un arma, encontrar una base, y conseguir comida.

Paseando encontró una enorme roca con un agujero suficientemente grande como para poder ser considerado cueva, donde entrar y resguardarse, e incluso podía usarlo de almacén.

Ahora ya tenía un sitio donde sentirse relajado, pero todavía no había terminado sus tareas. Cerca de su refugio había un tronco bastante grande y pensó que lo podía trasladar cerca de la entrada para sentarse en él y para reconocer su habitáculo. Monty desconocía si era posible encontrar herramientas de hierro en el cielo, así que cada vez veía más crudo el hecho de poder armarse. En cambio, tropezó con una liana y comprobó que era tan resistente que podría usarla de cuerda. Volvió a su guarida.

Ya tenía algo con lo que ayudarse para cazar presas similares a su tamaño, lo único que tenía que hacer era encontrar algún rastro, seguirlo y esperar que no fuera ninguna trampa. Empezó su búsqueda.

Como el suelo estaba lleno de hierbas era difícil seguir pisadas, y Monty no tenía la habilidad suficiente como discernir si eran recientes o no, pero tampoco tuvo tiempo de descubrirlo porque a lo lejos vio algo que se acercaba. Monty se ocultó entre la maleza. Era un lobo, seguramente de los que el día anterior lo habían perseguido, y estaba solo. No había probado la carne de lobo, pero podía ser la primera vez.

Una vez el lobo hubo pasado la zona de maleza, Monty se abalanzó contra él y se subió a sus lomos. Rápidamente se agarró a su cuello para no caer y le envolvió la liana en la boca para evitar que aullase y pidiese ayuda. El lobo hacía esfuerzos para tirar a Monty de sus espaldas, se revolvía y saltaba, pero el chico resistía. Parecía un rodeo. El lobo finalmente echó a Monty que cayó al suelo pero no soltó la liana, pero de repente empezó a correr arrastrando al chico por los suelos.

Viendo que corriendo no hacía nada el lobo se detuvo para intentar, con sus patas delanteras, quitarse la liana, que cada vez le apretaba más. Monty aprovechó para recuperar su verticalidad y volvió a los lomos del lobo, pero esta vez, además, lió la liana por su cuello. El lobo, al sentir el contacto empezó a correr de nuevo. El paisaje apenas cambiaba, si bien llegaron a una zona de ramas bajas. El animal pensó que pasando por debajo el chico caería, pero Monty agarró bien la liana y tumbándose boca arriba usó las ramas a modo de tope para frenar el avance de su presa, que de la velocidad que llevaba la fuerza que la liana hizo en su cuello fue mortal. Monty había conseguido cazar un lobo.

Apenas hubo pasado todo Monty se dio cuenta de que se había alejado de la gran roca. Observó el cuerpo inmóvil del lobo; se sentía un poco mal consigo mismo, pero al fin y al cabo era él o el lobo, y visto así tenía bien clara su decisión. Tomó el lobo y ató sus patas con la liana para que fuera más cómodo transportarlo, seguidamente lo subió a sus espaldas.

Monty desconocía el camino de vuelta, pero recordaba la enorme roca, para tener como referencia. Seguía un camino bastante empinado, lo que le pareció raro, pues a lomos del lobo no le sonaba haber descendido tanto. Pasó junto a una elevada cumbre y decidió escalarla para tener una idea general de la isla.

Monty observó todo a su alrededor, desde ahí podía verse todo el perímetro de la ínsula, pero la cantidad de árboles en todo el lugar hacía difícil detectar sitios concretos. Monty afinó la vista. Creyó ver la roca cerca del río, aunque no podía fiarse porque las distancias vistas desde lejos son engañosas. Bajó de la cumbre para volver bajo la sombra de los árboles.

Tomó un camino que parecía llegar al río, y pronto oyó ruido de aguas. Sin pensárselo dos veces se dio un chapuzón y se dejó llevar por la corriente.

Al cabo de poco tiempo el escenario le era familiar, pues huyendo de los lobos había acabado en el río y se acercaba a las cataratas. Nadó hacia una de las orillas, e hizo memoria para recordar el camino. Por suerte fue bastante rápido, la roca era enorme.

Monty dejó el cuerpo del lobo, que desató y se quedó con la liana. Algo le molestaba dentro del pantalón; eran dos peces. Pequeñitos, pero eso era lo de menos. Monty preparó una pequeña fogata como buenamente pudo, lo que le ocupó hasta entrada la noche. Y así llegamos al inicio del capítulo, con Monty asando los peces.